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| jueves, 2 de abril de 2009




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Una vez fue un señor a una cordelería. Iba tremendamente demacrado, con cara de no haber dormido y las cuencas de los ojos enrojecidas. Algunos surcos resecos en las mejillas de lágrimas que rodaron no hacía demasiado. Se veía claramente que no tenía ni un chavo. Mirada de preocupación y nerviosismo a la vez, como si pensase hacer algo realmente dificil y cobarde.

Solicitó al dependiente... ¿por favor, podría darme una cuerda? La más dura y resisente que tenga, algunos metros.

El dependiente le dijo... Caballero, el pago es al contado. ¿Obtendré alguna garantía de que me pagará?

Se dio media vuelta y caminó hacia la calle cabizbajo y completamente derrotado. Era lo último que podía hacer y no le dejaron.

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2 comentarios:

Pedro Chincoa dijo...

Nos sentimos libres
a pesar de todo, qué remedio joé,
si aprieta como nunca la dictadura del mercado. o es el mercado quien crea fantasmas de nosotros mismos
cuando la búsqueda de placer deviene en depresión extraplana...
detrás de este cuentecito toda la paradoja de la miseria humana, de la condición de cada uno más bien. imagen de impacto. brutal como la soga que simboliza la derrota.

abrazos hermana.

Juan Otoño dijo...

wow super potente, texto y foto